Cuando era niña, en el gotelé de la pared junto a mi cama había un lobo. También había animales y personajes en las losetas de terrazo, en las vetas de las puertas y en las luces. Curiosamente, estas apariciones también pueden compartirse. Alguien me dijo una vez que veía bailarinas en el reflejo de las farolas sobre el mar, y una vez que las ves, ¡no puedes desverlas!
En mi trabajo artístico parto de la humildad radical de saber que es más fértil mirar, escuchar y servir de canal para esas irrealidades fantásticas que conviven con nosotros, que precipitarme a afirmar. En el mundo del arte hay muchos enclaves, y durante mucho tiempo fue importante para mí el análisis, la teoría y la reflexión intelectual. Pero, con el tiempo, el poso que ha ido madurando en mi práctica se despreocupa de eso para volcarse en la praxis: para mí es importante ordenar, reunir, catalogar trocitos de tiempo y color para tratar, así, de ensayar un orden y componer alguna forma -no definitiva- de completud.
Mi aproximación a los distintos medios me sitúa, una y otra vez, al borde de una búsqueda en la que el sentido se convoca, haciendo del proceso artístico un puente hacia lo invisible: aquello que no puede verse pero reclama contemplación, lo que queda excluido del curso cotidiano y funcional de la vida común.
El error, el azar y la casualidad, como corrientes de mar, proponen itinerarios particulares si tiramos del hilo un rato suficiente. Y, como en el mito, nos llevan laberinto a través. Cualquier puerta es buena para emprender la vuelta al mundo. Y yo creo que, si atendemos el tiempo suficiente, de cualquier composición de fallas, fragmentos y dudas termina por aparecer un patrón, un relato.
Solo con el tiempo me he dado cuenta de que, tras 20 años en el tumulto de las artes, siempre he buscado crear, no tanto un relato donde proponer no sé qué verdad revelada, sino un mosaico, un puzzle, un pretexto visual que, al desafiar el sentido habitual de las cosas, evidencie no solo los límites de nuestras racionalizaciones, sino también nuestra capacidad de redescubrir el mundo con una mirada abierta.
Un poco como sucede con la interpretación de las manchas de tinta o de los garabatos, con la cadena de palabras automáticas o con el intento de encontrarle rostro a una nube o una montaña. Me fascina el poder de la emoción y el pensamiento simbólico para poner en evidencia la verdad delicada de las cosas. Una verdad que es como un papel de arroz, fina y circunstancial como el paso de una mariposa. Leve, flotante y efímera.